Me encanta ver la luna caer entre las montañas,
y admiro el sol que nace a mis espaldas;
sobre la humedad y el murmullo de los riachuelos,
quisiera vivir sin ver tan siquiera los destellos.
Aquí me siento bien, plantado como un árbol,
libre como una lapa roja o verde, da igual...
aquí estaré esperando el fin del siglo,
la verdadera ilusión me rodea.
No tengo más sentido en esta vida,
no soy tan siquiera un verso sin rima,
pero vamos creciendo como una espiral
infinita, agradable, virtuosa.
No es mi placer leer lo que leen los membrillos,
no soy tan idiota como los cabecillas de rojo,
o los de verde tropical y mente fría,
de los aires siberianos, o cubanos; venezolanos.
No deseo me cataloguen como una raza superior,
ni un ente locutor de ideas blancas y ajenas;
no quiero que me perciban como un Bolívar
o mucho menos como un marxista.
¡No! No estoy para ser titulado, ni para estudiar,
no me gusta ser infeliz por pensar en el hambre,
no seré feliz pensando en el dinero; no me gusta
porque soy natural como el almendro tropical.
Aparentemente, los intelectuales leerán,
una lírica poética, con cierta treta sin métrica,
medida no por la literatura, sino por la verdadera
lectura: la del mundo, la que sabe lo que pasa.
Me gusta ver salir el sol de entre las montañas,
y aprecio la luna llena que se oculta detrás de los pinos,
o de las nubes de abejones de mayo...
Me gusta creer que hay personas inteligentes todavía.
C. Macci
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