La topé en una avenida,
justo andaba de la mano de otro,
pero esos ojos asesinos
no descansan; lo noté ipso facto.
Me causó la sensación
que generan esas miradas traidoras,
miradas de deseo perverso,
mirada de Sodoma y Gomorra.
Fue sabrosa, penetrante,
cortante como la daga,
caliente como el hielo,
milagrosa como el agua bendita.
Decidí devolver la desfachatez
con la que fue arrinconado por esos ojos,
y profundamente entendí la necesidad
de esos ojos verdes que me difuminaron a cambio de placer.
Al final del día,
descubrí que cometí el error de verla justo a los ojos;
esa nena tenía una mirada mortal
que envenenó mis adentros con malicia y lascivia.
La tengo presente en mis ojos,
tatuada en mi recuerdo fotográfico,
contrasta con mis sentimientos,
huele exactamente a lo que no me gusta.
Es una mirada mortal,
terrible y locamente lasciva,
es una mirada loca,
tiene la facultad de enredar sin hablar: de lejos.
C. Macci
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