Las horas que pasan, son esas que no se ven,
esas que viven en tus sueños y
ven el amanecer del futuro en un deseo,
en una acción sin vida, en la infelicidad; las
horas que pasan sueñan cada mañana
con ser las horas que no pasan.
Algunas veces mueren en los deseos,
y otras ocasiones, son la flor del ecuador,
la guía latitudinal que nos entregan
el amor, el éxito, el dinero, el
capitalismo chino y la historia Oriental.
Tel Aviv ha visto las horas que pasan detenerse,
Luxemburgo las ha escrito en la historia,
Cali las desperdicia en la selva,
Washington las observa desde su imperio
ofendido y La Habana llora porque Fidel pasó con
las horas, al igual que el Che,
al igual que pasará Chavez y Lula.
Crecen en la mente, mueren en el reloj,
pero día a día nos acompañan y nos transportan al
pasado que han hecho,
nos ilusionan con el futuro, que cada hora que
pasa, diseña, conforma y nos regalan.
Las horas pasan como la pobreza de Sierra Leona
crece como e.
Las horas que pasan nadie las ve,
son lascivas, poco cívicas, poco patriotas,
las horas que pasan se queman en el humo
jamaiquino y resplandecen entre las nubes de
Tobago.
Las horas que pasan, pasan porque hasta Dios no
pudo con ellas;
Dios creó al mundo en siete días, pero las
horas que pasan crearon esos días.
Las horas que pasan no tienen nombre,
pero si un emblema docto.
C. Macci
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