miércoles, 3 de junio de 2009

Una tarde de 12 Palmeras

Las palmeras, manchadas, altas y
con una historia inescrutable, son la
flora testigo de lo que un pueblo vive en cada día;
son ángeles de la guarda en una zona fría,
que ahora es caliente por tantos GEIs,
y ahora solo recuerdan la construcción de la catedral
y añoran los años de inocencia y
la música de Gardel.

Llegaron los nómadas, los desterrados y las vieron,
a las doce palmas,
cuales discípulos cristianos del G12,
llegaron los hombres sin hogar y las amaron,
tanto,
que las dejaron vivir para la propia vanagloria
de cuantos ojos las miren.

Ahí están, guardando las luces en la noche
y respirando las nubes en el día,
dando hogar a cuanta ave en ellas sienta resguardo,
abrigo,
amor;
son ellas nada más y su amor a la vida.

Rodeadas por las vallas de algún colono,
que colonizó -valga la redundancia-
sus tierras, sus aires, su imperio;
ahí están ydesdeñan la lujuria capitalista del siglo,
y sus visiones, cual si fueran Nostradamus,
nadie las sabe, nadie las conoce.

Y erectas, como las torres que estaban
en la Gran Manzana, antes del once de septiembre
han visto generaciones de profetas, profesionales,
animales y cuanto ser desee ser poeta,
y todos las hemos visto,
y todos las admiramos,
y nadie sabe su verdadera historia,
su verdadera historia, no su leyenda.

Se aferran a la vida natural y espiritual,
sin una playa en derredor, pero en
aras de la felicidad lloran si es necesario
y ríen en cada minuto que las ventosidades
poetas tocan sus palmas.

Las he visto, cada mañana, cada tarde,
cada noche, y siempre son iguales,
siempre ríen porque sí,
obvian la cogorza del colono que las aprisiona
entre sus vallas, obvian los olores de la
ilegalidad humana,
y desde ahí, miran un Tremedal,
una familia de pinos, una catedral
y un pueblo histórico en medio de una
democracia de destierros.

C. Macci

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