Hoy es el día en que la impunidad de la soledad acaba,
hoy no hay más tristeza perdida por las lágrimas de cada ojo.
Hoy una amarga estancia me desespera...
y me alegra la compañía de mi insalubre amistad con un vicio.
No es fácil creer que un vicio te haga compañía
pero lo hace...
y de muy mala manera;
sólo deseo que este vicio bendito
no ahogue a mi amada soledad.
Todo es vicio por sexo y sexo por vicio,
todo es infelicidad en las personas que tienen felicidad a la par;
felicidad insensata que no se muestra ni se luce,
no se cree ni se ve,
pero ahí está...
la felicidad.
Pero volviendo al inicio,
donde hablaba del vicio,
no creas lector empedernido
que en la vida me he contaminado con químicos,
no, no lo creas...
Mi vicio, ese que me hace compañía,
es una guitarra
un sol y un re, una púa y una voz
me hacen mala compañía digo yo,
porque no les puedo dar lo que me dan a mí,
me traen la felicidad, me borran la ansiedad
y yo no las sé engalanar.
Me duele por la musa que me entra por un oído
y en mi cabeza hace nido,
pero no soy intérprete de sinfónica,
no soy un ángel de un coro de Varsovia,
solo soy yo y mi vicio por escuchar la musa de mi sangre
de mi voz,
de mi paz,
de mi soledad...
Y la amarga estancia se acaba cuando la musa sale,
sale de entre las cuerdas afinadas de mi guitarra
y las cuerdas desafinadas de mi voz;
porque lo que endulza el alma no es la soledad
ni la compañía,
sino la sal que adoba el alma y el espíritu.
Y en medio de esa amargura,
yo declaro mis locuras y sentimientos,
todos dentro de la felicidad que llena mi cuerpo
mi alma y espíritu...
ahí con esa combinación de notas y alaridos.
C. Macci
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