Soy dueño de la soledad cuando estoy solo,
soy amante de la compañía si la soledad me domina,
aunque siempre estoy triste si estoy solo,
por eso soy solitario, porque me gusta ser triste.
Amo las horas solitarias de la tarde en Tortuguero,
si estoy en una barcaza a la deriva, aprecio la soledad
que es quien me hace compañía,
y voy sin guía
a la selva, acompañado de la invisible soledad.
Detesto mencionar tantas veces la soledad,
pero es que la soledad me hace escribir
y por eso escribo, y por eso la amo...
a mi soledad
Pero la soledad me mata la poesía...
y la prosa, las hace volátiles,
infieles a mi estilo, de hecho,
me quita -la soledad- mis verdaderos instintos.
Me da incoherencias que tienen algo intrínseco
y es pianita y fugaz la palabra maldita de esta redacción:
soledad; que me da felicidad y me deja solo,
que me eleva la ira por tener que mencionarla.
Es que no encuentro
-por lo menos hasta donde voy escribiendo-
la manera de no mencionar la soledad,
no tengo -ni creo que haya- manera de describirla
sin mencionarla...
C. Macci
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