Algunos días la vida se torna
Una historia sin sentido, sin rima,
Total y lentamente avasalladora,
En donde los deseos de acabar
De morir, de gritar o huir,
Son gigantes invencibles,
Que ni David y su honda vencerían.
Un gigante con un ojo,
Cíclope tal vez,
Que mira tus debilidades
Y te hace cada vez
Más miserable.
Invencible y gigante,
Que ni Odiseo y la ayuda del Olimpo
Vencería,
Una vida repudiable.
Y en este ciclón de estrés y ambigüedad,
En esta sociedad,
En esta soledad,
Pelear sólo o acompañado,
Con dioses, semidioses
O inclusive demonios y semidiosas,
Pelear contra el hastío de la existencia
Es un asunto de nunca acabar.
La desazón alimenta a los gigantes,
La tristeza los pensamientos suicidas,
La miseria los deseos de muerte,
Pero cuando todo esto pasa,
La muerte brilla por su ausencia
Y nos convierte en mártires
De nuestra propia existencia.
¡Ah días estos! Los tiempos modernos
Nos han vuelto insanos
Gente sin valores, insensatos,
A veces creo que somos nihilistas,
Y así vivimos, lo disfrutamos,
Sufrir, gozar con el dolor,
Reírnos de nuestra miseria,
Hundirnos en el sinsabor...
Eso somos: animales de la creación,
Sin sentidos ni entendimiento,
Vestigios de nuestra propia creación,
De los deseos absurdos de la imaginación...
¡Oh días que no se acaban!
¡Oh muerte que no me llevas!
Y entonces entre lágrimas y desilusión,
La pregunta es, ¿quien diantres tomó la decisión
De traerme al mundo en esta condición?
Me quejo, sí, por estar vivo...
Porque no me muero,
Ni me compongo,
Porque el tiempo no alcanza al segundero,
Porque el destino de mi ser
No incluye muerte antes de crecer,
Envejecer...
Y eso último: envejecer,
Duele más que escribir y llorar,
Vivir de viejo duele más
Que apagar desamores con whisky
Así es esta mísera miseria que nos rodea.
C. Macci
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