Para calmar la ansiedad,
Para aminorar la deuterofobia.
Tratando, como si fuera un dios griego,
De cambiar el destino,
Quería detener todos los correos.
Era un ávido y sutil rufián de los libros,
Los escogía, luego los asesinaba.
Los seleccionaba como un puma a su presa
Luego los desgarraba hoja por hoja...
La osadía del ignorante,
Ese que se cree poeta porque escribe poesía
Sin saber lo que un encabalgamiento pretende...
Sin ser un escritor siquiera.
Ese era yo.
Ahora, no soy más que un fanático,
Un oportunista que le roba tiempo al tiempo,
Y que espera no ser descubierto por la policía,
No ser descubierto ajustando el reloj en las gradas
Para justificar la llegada tardía a la oficina.
Las cosas que no se ven
No pueden quedar ocultas ni mucho menos,
Son extrañas eso sí,
Pero yo las cuento para que no las ande el viento.
Ya no leo poesía,
Ya no sé quién soy,
Pero como dicen los dichos
"Si lo sabe dios, que lo sepan los cuatro vientos"
...si valiera la pena justificarse,
Leer cada veintidós días
Aún suena como un hábito alcanzable de mi parte.
Y si eso es aceptable,
Entonces sí he escrito y leído.
C. Macci