miércoles, 24 de junio de 2009

Por si alguien piensa igual o peor


Ese hombre que cree que nace, crece, se reproduce y muere sin amar
es peor que el que cree que no es real lo natural de amar a la mujer
No existe placer alguno, interpretado por el hereje
o analizado por el experto en hermenéutica
no existe ese placer que pueda ser comparado con el de amar

a la mujer casi perfecta casi porque ni Eva lo fue
ni Venus lo será


Porque el historiógrafo no ha determinado la forma de demostrar en papel
la ingenuidad del humano hombre moderno
que viaja creyendo en las estrellas y soñando con integrales y diferenciales
sin darse cuenta de que la felicidad está en un cuerpo
con senos y un órgano genital
con placer y pensamiento igual al del macho
y al del negro y el chino y el aborigen y el sajón y el albino


La felicidad pertenece al acto erótico de reproducir la inteligencia
de crear un calor
de crear un beso sensual en medio de la noche bohemia de un trago Dom Perignon Vintage 1998
La felicidad está enmarañada en ese pelo largo o corto
rizado o teñido
lacio o canoso
Es una forma divina
la felicidad

Ese hombre que cree que nace, crece, se reproduce y muere sin amar
es peor que el que cree en las matemáticas como estilo de vida
es peor que el que solo ve la ciencia social en las personas y en las disparejas relaciones de compromiso que una decisión hizo
Ese hombre que no ame a una mujer no es normal,
es más bien esclavo de alguna aberración
de alguna inhibición
fruto del destino
fruto de la sociedad, talves
o simplemente resultado de la violación

Y no es verdad lo que diga un loco poeta
no es amable creer que no existen esos hombres que tanto poetas como desalmados
creen en la posibilidad de amar a la mujer
porque la realidad del mundo va más allá de las letras
la efervescencia de la naturaleza sexual se pierde en los deseos de felicidad
y el que no tenga la felicidad podrá elegir entre ser un hombre o una mujer
que nace, crece, se reproduce y muere sin amar
aunque en el mundo sobre el amor.

C. Macci

Dec 24, 2008 3:34 AM

LO VEROSÍMIL DE LA POLÍTICA

Lo único que las hambrunas reclaman,
es la existencia de la política, las exageraciones
que con demagogia los líderes proclaman;
las múltiples veces que La Pobreza sufre laceraciones
son consecuencia expedita de las palabras de los grandes,
son los resultados pinches de las lenguas que lisonjean.

Los puñados de arroz sobran en la casa del adalid,
no importa si es comunista o capitalista, tampoco socialista,
siempre sobran las viandas y el vino de la italiana vid,
porque ellos, cabecillas como Lenin, luchan por la lista
de proyectos, que tan áridos como las tierras del petróleo,
se quedan en la mesa al igual que la lámpara de óleo.

Las firmas van y vienen como los embajadores.
Los maestres y magnánimos representantes de mi patria,
estarán muertos indudablemente, porque no usan sus enseres,
no asignan labores para los tractores
y por eso la pobreza es una úlcera gástrica
en miles de estomaguitos francos.

Lo dable en las curules de la Asamblea,
son 57 mundos distintos entre sí y por supuesto,
sin hambre; parecen que no saben de la loable Oblea,
que no llora, y no tiene hipótesis ni presupuesto.

Lo verosímil de la política es que la democracia
es parte de sus inspiraciones, no de sus acciones;
lo permitido de la democracia,
es que tiene dentro del Parlamento muchas fracciones.

Lo irreal de la vida de mis ancestros
es real en mis días, en mi vida, en mi país;
sus placeres eran los proyectos con resultados honestos,
sus vidas –las de mis ancestros- eran verdes como los labrantíos de maíz.

El cielo ayer era azul límpido, hoy es gris, mañana será oscuro
¿Hasta cuándo vendrá el libertador, el hacedor de sueños
-¡perdón, corrijo!- de sueldos? Y que pasen por mucho el muro
de la indignación de los pobres, hoy ajenos al empresario y dueño.

El trabajo y la paz viven, lo que no vive ni hay
es una hermosa y noble Bandera tricolor,
no hay labriegos sencillos que no digan ¡Ay, ay, ay!
¡Todo se cayó!: mi fecundo mundo de ardua y tosca labor.

C. Macci
23/06/2009 23:27:57

GALLARDO FUTURO SE MECE EN LAS HONDURAS CENTROAMERICANAS

He oído las historias de una cultura descuidada,
y los demás entes del mundo, crueles e infieles,
sueñan con la cultura sana y adiestrada
de mis países vecinos, de nuestros “arrabales”.

Algunas voces, tristes e infelices como el viento iraquí,
navegan las ondas del sonido y las aras del pasado,
para conquistar las lozanas historias de color carmesí
y las curvas peraltes del amanecer, hoy día ya cansado.

Los rebeldes manifiestos, con acelerados perros,
las humanidades en penumbras y las ánimas
perdidas en el dolor, excavan entre los gamberros
para encontrar un hereje que nos guíe,
que nos saque de las históricas láminas
de los destierros;
un espectro humanizado en el que el mundo confíe.

Un Salvador que nos libre de la pobreza,
Alguien que nos defienda del Águila herida
en su orgullo; buscamos con desorbitada cabeza
un yermo futuro que nos lleve al desarrollo, sin la árida
decepción que se vive en Gaza.

En las honduras del suspicaz canibalismo ideológico
cae la lobreguez de la ignorancia, la falta de esperanza;
en las bajuras arroceras, engorda el desarrollo tecnológico,
y en Centroamérica fantasean con la venganza.

Todavía se vive en chozas de paja,
las viudas son fieles al difunto que no está,
y yo sólo creo en las alegrías de un papel hecho caja,
Porque es lo único que me queda; hecho mi futuro está.

El bálago, la cogorza, el cuete, las pestes, el apocalipsis,
son el estandarte docto, el pueril ribete de mis gloriosos astros,
las raíces de la púber humanidad crecerán en crisis,
y en el festón de la catedral que se mece, formarán un soto de fiascos.

C . Macci
23/06/2009 13:03:24

sábado, 20 de junio de 2009

El dolor del éxito ajeno

Lloré, porque no hice con mi vida
lo que un loco sin remedio hizo;
crecí odiando mi pasado que me permitió
ser escritor, y que yo no quise ser,
dejando de lado
tremendo talento.

Amanecía yo cada mañana, blasfemando contra Alá,
porque mis desgracias eran tener una madre que
me mantenía cuando yo no quería trabajar...
y decía yo que no había trabajo, cuando sobraba
como el hambre;
no hice ningún trabajo, pero tampoco estudié.

Veía el internet globalizando las vidas, como lo
hizo la TV en su momento,
como si fuera una monja en un convento, que no es
inocente, y que quiere guardar su pensamiento
virginal para el Dios que todopoderoso es, y
que marido no le da.

Soñaba con mi mujer angelical, casi perfecta
si no es porque me miraba a mí,
pero cuando despierto estuve, no le dije que
la amaba, y que la amo, y que viví
para ella, por ella y en una caja magenta
satanizada por mi falta de madurez.

Vi crecer la hija de mi amigo, la barriga de mi hermana
y los parásitos del estado -sin mayúscula siquiera-
y no hice nada por mí, ni por ellos; es más
me hundí en lo tétrico de la soledad, la ambición
y las perversiones legales de 57 cabezas costarricenses
que más que derechos, parecen zurdos.

Comprobé el éxito del amigo
que admiré en mi juventud,
pero no seguí sus pasos porque Graham Bell
dijo que sería igual que él...
pero hubiera deseado seguir sus acciones,
que ser ahora un hombre de adicciones,
visiones y lamentos del averno.

Me estoy muriendo de celos, sí,
como una puta es celosa de las mujeres libres,
de las mujeres que saben algún oficio más
que sacar placer a un falo sin amor;
me muero por las cosas que lamento no
haber hecho
y por ver los que sí hicieron lo que no hice,
y que hoy, como si fueran máquinas de
hacer dinero,
viven cómodos y sin escrúpulos, y
son felices en su consumismo, como son tristes
en la pobreza del espíritu.

Me late acelerado el corazón,
porque nunca le dije a mi madre
que yo la amaba, y que aunque dependía de
ella, deseaba no se acabara su vida
para seguir parasitándola, cual si fuera yo,
una lombriz intestinal.

He visto tanta cochinada, tanto talento,
tanto amor, tanta fidelidad, tanto éxito, tanta
hambre, tanta tristeza, tanta ilegalidad de
los que "Derechos" deberían ser, tanta política,
tanta vulnerabilidad...
pero nada de eso es mío, ¡nada!
porque no quise, porque me limité a ver,
porque amarré mis pies al tronco de la pereza,
y dormía en la cama de la dejación,
y nunca extendí las alas del trabajador que
tengo dentro, ni la intelectualidad límpida
que caracteriza al ser humano.

C. Macci

sábado, 13 de junio de 2009

Las pequeñeces de la vida

Solo las pequeñeces de la vida nos quitan
las ganas de vivir, de soñar y de reír.
Considero las pequeñeces muy incómodas e
incontrolables, pero creo que entre tanta
incoherencia de la vida, el
sufrimiento que tengamos es el resultado
del pasado nuestro.

Considero la pequeñez más grande
depender del dinero, amar al dinero.

Creo que las pequeñeces las notamos
solo cuando estamos felices de verdad
fuera de la ignorancia,
lejos del humo de los autos
y del estrés de las avenidas josefinas.

Las pequeñeces deberían tener un altar,
porque por ellas soñamos y creemos en el futuro,
en las cosas grandes, en Dios o en las
galaxias desconocidas.

C. Macci

domingo, 7 de junio de 2009

La banca del pasado

Siento cada vez que paso por la banca
del pasado,
que las canas no se valoran,
que nadie las respeta,
parecen olvidadas en el siglo
porque ya nadie se entera que las canas
son blancas porque hacen la diferencia,
y viejas porque dan madurez,
nadie las respeta.

Están las canas,
en las tardes sentadas en la banca
del pasado, recordando un pretérito
que no volverá, que no pasa de ser un tiempo
verbal,
el pasado: anterior y a veces pluscuamperfecto.
Son las canas, esa nota histórica que
nace entre las horas que marca el
incesante reloj del
campanario, y espurias como el destino,
mueren al terminar el sonido de las campanas.

En la banca del pasado, las canas con lentes,
sombrero y recuerdos trapecistas del circo
que llaman TIEMPO, establecen plusmarcas
de historias cortas con grandes estelas de
sabiduría aborigen, destemplada por las
incoherencias del consumismo y de la
vida POP...

La banca está raída por el tiempo
que las canas están sentadas observando a
la juventud, galopante como las bestias indomables,
hacia la Sodoma del antiguo testamento bíblico.

Lloran las canas y sus gotas caen en la banca,
llueve sobre el recuerdo
sabiduría hecha lágrimas ancianas,
con arrugas y pieles pulidas por el trabajo,
y por la ira, la pasión y la memorable desgracia que
causa el envejecimiento y que el futuro trae consigo:
el nuevo horizonte que las
gallardas generaciones forjarán para entregarlas
a las venideras e infelices canas
que al igual que hoy, se sentarán en la banca del pasado
a vernos crecer entre tanta banalidad.

viernes, 5 de junio de 2009

Las horas que pasan

Las horas que pasan, son esas que no se ven,
esas que viven en tus sueños y
ven el amanecer del futuro en un deseo,
en una acción sin vida, en la infelicidad; las
horas que pasan sueñan cada mañana
con ser las horas que no pasan.

Algunas veces mueren en los deseos,
y otras ocasiones, son la flor del ecuador,
la guía latitudinal que nos entregan
el amor, el éxito, el dinero, el
capitalismo chino y la historia Oriental.

Tel Aviv ha visto las horas que pasan detenerse,
Luxemburgo las ha escrito en la historia,
Cali las desperdicia en la selva,
Washington las observa desde su imperio
ofendido y La Habana llora porque Fidel pasó con
las horas, al igual que el Che,
al igual que pasará Chavez y Lula.

Crecen en la mente, mueren en el reloj,
pero día a día nos acompañan y nos transportan al
pasado que han hecho,
nos ilusionan con el futuro, que cada hora que
pasa, diseña, conforma y nos regalan.
Las horas pasan como la pobreza de Sierra Leona
crece como e.

Las horas que pasan nadie las ve,
son lascivas, poco cívicas, poco patriotas,
las horas que pasan se queman en el humo
jamaiquino y resplandecen entre las nubes de
Tobago.
Las horas que pasan, pasan porque hasta Dios no
pudo con ellas;
Dios creó al mundo en siete días, pero las
horas que pasan crearon esos días.

Las horas que pasan no tienen nombre,
pero si un emblema docto.

C. Macci

miércoles, 3 de junio de 2009

Una tarde de 12 Palmeras

Las palmeras, manchadas, altas y
con una historia inescrutable, son la
flora testigo de lo que un pueblo vive en cada día;
son ángeles de la guarda en una zona fría,
que ahora es caliente por tantos GEIs,
y ahora solo recuerdan la construcción de la catedral
y añoran los años de inocencia y
la música de Gardel.

Llegaron los nómadas, los desterrados y las vieron,
a las doce palmas,
cuales discípulos cristianos del G12,
llegaron los hombres sin hogar y las amaron,
tanto,
que las dejaron vivir para la propia vanagloria
de cuantos ojos las miren.

Ahí están, guardando las luces en la noche
y respirando las nubes en el día,
dando hogar a cuanta ave en ellas sienta resguardo,
abrigo,
amor;
son ellas nada más y su amor a la vida.

Rodeadas por las vallas de algún colono,
que colonizó -valga la redundancia-
sus tierras, sus aires, su imperio;
ahí están ydesdeñan la lujuria capitalista del siglo,
y sus visiones, cual si fueran Nostradamus,
nadie las sabe, nadie las conoce.

Y erectas, como las torres que estaban
en la Gran Manzana, antes del once de septiembre
han visto generaciones de profetas, profesionales,
animales y cuanto ser desee ser poeta,
y todos las hemos visto,
y todos las admiramos,
y nadie sabe su verdadera historia,
su verdadera historia, no su leyenda.

Se aferran a la vida natural y espiritual,
sin una playa en derredor, pero en
aras de la felicidad lloran si es necesario
y ríen en cada minuto que las ventosidades
poetas tocan sus palmas.

Las he visto, cada mañana, cada tarde,
cada noche, y siempre son iguales,
siempre ríen porque sí,
obvian la cogorza del colono que las aprisiona
entre sus vallas, obvian los olores de la
ilegalidad humana,
y desde ahí, miran un Tremedal,
una familia de pinos, una catedral
y un pueblo histórico en medio de una
democracia de destierros.

C. Macci

domingo, 24 de mayo de 2009

Hacía frío


Soñaba que las olas del mar no existían más apartir
de mañana,
Solo quería que no dejaran su vida,
su sal,
su frío amanecer.

Pero todo apuntaba a que tenía que suceder así,
no se podía renegar en contra del destino,
no se podía sufrir por lo ajeno.

Ahí estaba yo, en un delta, arriba como un ave
como las imágenes del satélite podía ver,
miraba como se desaparecía la espuma de las costas
y sentía como la natural playa lloraba
desconsolada; más bien triste.

No había calor ese día, -soñado por dicha-
no había felicidad, ni tristeza...
solo gobernaba lo sórdido de las olas, la imagen gravada
en un recuerdo ,
en una foto,
en un satélite.

Se podía llorar si se deseaba, pero
yo no lloré,
no lo hice por machismo arraigado a la
necesidad pueril y sutil
del feminismo propio que hace
el equilibrio natural.

Algunas aves volaban;
el pelícano me preguntó si vería la espuma algún día,
y la gaviota me dijo que los humanos somos
los hijos del demonio, una mierda;
Yo no sabía como explicarles que
esa imagen es un sueño, talvez utópico,
talvez perdido en las ansias de ser una realidad,
pero un sueño al fin.

Estaba frío aunque hacía calor,
frío aunque me bronceaba con los rayos UV,
hacía frío por la soledad que se pierde y nace en cada
ola,
en cada espuma.

Al final, la tortura acabó en un temblor
de mi cuerpo;
veía mi techo, desde mi lecho...
el sueño terminó y era de madrugada.
Hacía frío.


C. Macci

jueves, 14 de mayo de 2009

Hoy


Hoy es cualquier día que se pueda pensar

no es una crónica de la historia

ni mucho menos el final de la vida,

Hoy es un día gris por las nubes ramonenses,

celeste por el cielo sideral,

amarilla por el astro rey y rojo

por las cosas que no se perciben con el abrir

y cerrar de los ojos...

Hoy es mi día, claro, mi día

y el día de quien quiera tener un día,

y lo hago saber porque soy tan libre como José León Sánchez

y porque soy tan natural como Nietzsche,

es mi día porque el gallo cantó al amanecer y

mi noche fue de colores.

Hoy yo decido que hago con mi existencia,

lloro si mi alma lo requeiere,

duermo si mi cuerpo está deprimido

y trabajo porque es vida;

y yo amo la vida.

Hoy me hago famoso, por las colinas

por los bosques,

por las arenas calientes de Puntarenas o de Cancún;

soy yo tan natural como el día de hoy lo es.

Me gusta pensar que hoy es lo que vivo, paso a paso,

y que cada paso es tan largo como un segundo,

o tan corto como lo son cuarenta y dos centímetros.
C. Macci