Una mujer puede tener tantos sabores,
algunas amarguras, también azúcares,
en ocasiones debe tener colores,
como un arco iris que marca el terreno,
que hunde al silencio en el silencio
de un pensamiento, de un recuerdo.
Hermosa, sabrosa, enhorabuena sentimental
y en ocasiones puro instinto animal,
el amor de una vida masculina ha de ser así
sin llegar a ser diosa y mucho menos estúpida;
sin pasiones extremas, pero sí apasionada.
Ella no aparece más que en los sueños,
también en el viento, en la música y los versos.
Es una imagen famosa, mejor que la vida rosa.
Es una mujer sincera, comprensiva, bella.
No es feminista, ni es idiota para hablar.
No se deja engañar por el machista,
¿es perfecta? no, pero es coqueta,
inteligente, amable, sensible, fría.
Así debería ser una mujer,
como un cubo de hielo, que quema
y a la vez congela, que quita la sed
y moja todo lo que está a los pies del hombre
que la sostiene y que afortunadamente,
la ama y la cuida, cual si fuera una rosa
en el jardín del Edén.
Mujer, es un viaje infinito en cinco palabras:
maravillosa, única, jovial, elegante, real.
C. Macci
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