Andrajoso estaba mi máquina de bombeo
de sangre, perdido entre las tinieblas,
elogiando las telarañas de la locura
y desafiando las esquinas de la depresión.
Pérfidamente obstinado,
tal vez cohibido, pero no obsesivo.
Era una sensacional forma de sentir el whisky
en exceso, pero whisky.
Agarrando las arañas de las esquinas de mi cuarto,
retirando basura que estaba debajo de mi cama,
sentía como se arrancaba la virginidad de mi mente
de mi forma de pensar...
El vicio, que volvió a ser parte del inicio
de las cosas, me dirigía rumbo al desquicio,
sin servicio, sin beneficio.
Era yo, parte de un maleficio.
C. Macci
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